La cocina mexicana no termina en una capital. En Puebla, cemita y chiles en nogada hablan con la temporada; en Guadalajara, el vapor de birria llena mañanas; en Mérida, la cochinita carga paciencia de fuego lento. El ritual del puesto cambia: observe primero y luego haga fila.
Responda con honestidad a “¿picante?”; pedir ardor por orgullo puede arruinar el plato. Los banquillos plásticos se comparten; siéntese sin desparramar bolsas. Billetes chicos y servilletas siempre ayudan.
La comida callejera es charla de barrio, no solo velocidad. Agradecer es tan básico como la salsa.
